Fuera, mi derrota espera

Poema LXXXVII

Fuera, mi derrota espera

Acaricio, con las yemas de mis

longevos dedos, las paredes

que contemplaron a toda una generación,

vidas entrelazadas;

vidas, que pronto tocarán a su fin.

Fuera, espera mi derrota, exultante.

Por mi herencia he luchado,

y la sinrazón me ha derrotado.

Más nada puedo hacer.

¿Qué diré a mis antepasados

cuando ante ellos, de nuevo, me vuelva a ver?

Ni mis lamentos,

ni mis llantos, impotentes, moribundos,

les han hecho clamar piedad.

Caí en el engaño

y, ahora, no hallo caridad.

Fuera, mi derrota espera, insultante.

¿Dónde quedó mi derecho

a una vivienda digna?

¡Nunca pensé recibir, de mi Constitución,

tan cruel desamparo!

Lo más vil… ¡Me han robado

mi propia dignidad!

Ahora, navego entre lágrimas.

Mis lloros, se han hecho a la mar.

La calle parece haberse convertido

en mi único abrigo.

La luna, en el único techo

que contemplar.

Los recuerdos se atropellan

en mi mente, hoy vencida.

La evocación de un amor:

un amor que cuidé,

que regué con alegría…

El mismo amor, retratado

en inmortales fotografías,

que me he visto obligada

a guardar en frías cajas de cartón.

No sufras cariño,

¡vives en mi corazón!

Un corazón hoy enfermo,

pero firme, que no teme.

Mi destino, vacilante, una nueva

andadura me traerá.

Observo, por última vez, las cuatro paredes

que me vieron crecer.

Y cierro la que hasta hace unos instantes,

era la puerta de mi hogar.

Desciendo una decena de escalones.

Suspiro.

Me aferro a la baranda de la escalera,

la misma que desde niña

acariciaba al ir y al volver.

El de hoy, es mi primer viaje

sin billete de vuelta.

Sin más equipaje,

que los recuerdos de una vida plena.

Vuelvo a suspirar.

Fuera, mi derrota, desgarradora, espera.

Y duele.

Fuera, la sociedad, muere.

                                                                                                                            (11/06/2016)

Escribí este poema hace meses, tras estar sentada frente al televisor y volver a ver un desahucio más… Y es que, desde el inicio de la crisis en España, se estima que más de 400.000 familias han perdido su vivienda.

Es un dato insultantemente doloroso, ya que tras cada desalojo se esconde la historia de toda una vida; vidas, como la de la protagonista de este poema, que casi tocaron a su fin. Tras atesorar recuerdos entre cuatro paredes, un buen día te tienes que marchar, así sin más. Puedes luchar sí, con uñas y dientes si hace falta, pero el resultado suele ser el mismo: ellos ganan, tú pierdes. Aunque gracias al apoyo ciudadano y a diferentes agrupaciones de Stop desahucios, se han podido paralizar algunos de ellos.

Una de las historias que recuerdo bien fue la de Rosa, una chica normal, con una vida normal, que vivía con sus padres, como una chica normal. Rosa tuvo que ver cómo su padre se iba consumiendo poco a poco por el estrés, tras perder su trabajo y no poder pagar la hipoteca; hasta que, con 41 años, su corazón dijo basta… Ella tan solo tenía 13 años.

“A mi padre le metó el estrés del deshaucio”… lo tiene muy claro.

Parece ser que los desahucios descendieron un 11,6% entre enero y marzo de 2016 respecto al mismo periodo de 2015, hasta los 16.688, según datos del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ).

Espero y deseo que no solo desciendan, sino que pronto pasen a formar parte de los anales de una historia demasiado cruel, pero superada.indice

                                                 ¡STOP DESAHUCIOS!

 

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